Mi nombre es Salomón Acuña y me encantan los teclados mecánicos

Cuando era pequeño, mi papá tenía una máquina de escribir portátil que supuestamente usaban muchísimo en su época. Para cuando yo tenía 8 -9 años ya hacía absolutamente todo en la computadora.

Sin embargo, la máquina de escribir de mi papá tenía un atractivo curioso para mi. Cuando la descubrí y vi que podía escribir en ella sin que nadie me regañara, me enamoré por completo.

Escribí uno de los cuentos más increíbles que jamás haya hecho en esa máquina de escribir: La Mafia Junior, una historia que se me había ocurrido observando las rivalidades en mi colegio y luego de haber jugado demasiado El Padrino en el PlayStation 2.

Recuerdo claramente el sonido de las teclas: el clac clac fuerte cuando presionaba algo, la extrema precaución que tenía porque NO SE PODÍA BORRAR (no es que no se pudiera sino que la máquina ya no tenía Typex y no tenía idea de como ponérselo).

Cuando me llegó mi primer teclado mecánico, un Keychron K6 con switches Gateron marrones, inmediatamente al teclear sentí la misma sensación. Me tele-transporté inmediatamente al inmenso estar de la casa de La Floresta, donde pasaba toda la tarde escribiendo solo por el placer de escribir.

No me interesaba que me fuesen a leer, que pensarían los demás, ni si iba a ser el artículo que me llevaría a la fama y a mi tan anhelado espacio de tiempo en el que me podría dedicar exclusivamente a escribir. En esa época nada de eso me interesaba, solo me importaba escuchar el clac clac de las teclas y sentirme como un escritor de verdad, de esos que ve uno en las películas románticas de Warner (Si, me encanta Tienes un Email).

El teclado mecánico no es solo una herramienta para hacer de la escritura un trabajo menos tedioso y sufrido ahora que soy adulto y no puedo evitar que me importen todas esas cosas. Es una puerta que me permite viajar al pasado y conectarme con un Salomón que siempre amó escribir, soñar y contar historias.

Que aunque siempre ha sido un introvertido con pena a muchas cosas, especialmente las que tienen que ver con mujeres, se empeñó en buscar mejorar todo lo que estaba a su alrededor, nunca le importó cuantas veces perdiera o cuan ignorado fuera, agarraba la máquina de escribir y trataba de hacer realidad algo de lo que estaba en su cabeza. Hablaba con quien tuviese que hablar, regañaba a quien tuviese que regañar y hacía todo lo necesario para mejorar él y a su entorno.

Sé que se lee como algo demasiado romántico, lo es. Reencontrarse con el yo del pasado, tener esa sensación, la claridad para poder expresarlo, sentir esa cantidad de energía.

Es toda una experiencia.

Acaso no se trata de eso la vida? Perderse y reencontrarse, encontrar nuevas cosas, explorar en lo pasado, presente y futuro. Ser romántico, entregarse a las cosas, oficios y a las personas, vivir con miedo pero sin detenerse ante nada. Una vida de la que pueda estar satisfecho.

Hay experiencias, personas y objetos que simplemente tienen el poder de trasladarte. Hay que dejarse llevar o uno se pierde la vida por «ser adulto», «ser serio» y otras mamaguevadas que son solo excusas y mecanismos que nos alejan de vivir realmente.

Ya lo sé, mucho románticismo de nuevo. Que te puedo decir? Así me hacen sentir los teclados mecánicos.